En el estado de inocencia no tenemos maldad, no pensamos en defendernos porque, de alguna forma, un ser que vive en la inocencia sabe que aquellos que dañan a otros todavía no han aprendido que al hacerlo se dañan profundamente a sí mismos. No es que exista maldad, sino que los humanos, al observar los actos ignorantes de otros, los han calificado de malos. La cura para la ignorancia siempre es el Amor y solo un ser inocente puede Amar a aquellos que otros juzgan, condenan y hasta castigarian violentamente. Por lo tanto, solo con inocencia, esa cualidad subyacente que aflora cuando lo resentido es perdonado y lo temido es aceptado, se puede llegar a amar incondicionalmente.
Aprendamos de los niños. Aprendamos de nuevo a no dejar que nuestro pensamiento estratégico, controlador y temeroso se interponga entre la belleza que nos rodea y la belleza que somos. Miremos al mundo con ojos nuevos. Volvamos a ser niños, pero esta vez, cambiando la ingenuidad por sabiduría.
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