Estamos cagados de miedo

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No importa si haces yoga o si tienes la carrera de filosofía. Da igual que seas maestro, político, activista o policía. Que vayas a retiros de bioenergética o que hagas flores de Bach.

Estamos cagados de miedo.

Y esos miedos, que aparentemente son miedo a no llegar a fin de mes, miedo a que me atraquen, miedo a las enfermedades, miedo al New World Order, miedo a la pobreza, miedo a mi pareja, miedo a que les pase algo a mis hijos, miedo al sistema o miedo al futuro…en realidad provienen de un miedo central y esencial:

«Me tengo miedo.»

Mientras por fuera, no perdemos ocasión de decir:
«¿Yo? ¿Miedo? ¡No no! ¡Yo no tengo miedo!»

¿A qué le tenemos miedo? A aquello que no conocemos. O peor todavía, a aquello que no conocemos, pero estamos convencidos de conocer, aún sin haberlo experimentado.

Nos da un miedo abismal mirar dentro nuestro, mirar nuestras heridas, mirar nuestras sombras, nuestros borrosos, nuestros interrogantes, nuestros degradados y nuestros negros. Nos da pánico ver nuestro auto-odio, nuestro auto-saboteo y nuestra sensación de «me tengo que vigilar o cosas muy malas van a ocurrir». Y en base a ese miedo, construimos nuestras personalidades, nuestros cuerpos, nuestra sexualidad, nuestra carrera, nuestros afectos, nuestras relaciones…nuestra vida. Las áreas de nuestra vida, retorcidas y desdibujadas para adaptarse a esa masa oscura y palpitante que escondemos en el pecho, en los hombros o en los riñones.

Esa masa oscura, ese miedo esencial, está construído de mentiras. Pero una mentira es una zona sombría que permanece oscura hasta que alguien arroja luz sobre ella. Este acto de iluminar nuestro miedo y verlo y comprenderlo en vez de ignorarlo y proyectarlo a nuestro alrededor dibujandonos como víctimas del mundo, se basa simplemente en respirar hondo, inventar algo de valentía y ser honestos con lo que somos, con nuestro grado de coherencia ante la vida.

Pero es deporte masivo, patrocinado por una sociedad que nos objetifica y utiliza en pro del beneficio económico, el mirar hacia tu lado y situar en el otro con el dedo señalador, todas las oscuridades propias.

Este sería el proceso interno, a menudo inconsciente por completo, que nos lleva a proyectar en otros, lo que no funciona bien en nosotros:

«Soy un manipulador. Pero ser manipulador no está bien. Pero todo el mundo manipula. Si no manipulo, me manipularán. Voy a manipular y me jusitificaré. Y señalaré con mi dedo al otro y le acusaré de manipular. ¿Que mejor que defenderse con un ataque?»

En el siglo XXI, es así como mayoritariamente funcionamos.

Uno de los experimentos que como ser humano he decidido llevar a cabo, es el de ser tan honesto conmigo mismo como pueda. Llevarlo al máximo. Poner a prueba la funcionalidad de no esconderse bajo máscaras, no contaminar a otros con mis sombras y no juzgar las sombras ajenas.

Suelo encontrarme con dos situaciones diferenciadas cuándo conozco a personas y perciben consciente o inconscientemente los resultados de ese experimento mío.

En el primer caso, las personas se sienten liberadas de toda presión de aparentar nada. Perciben que yo no llevo máscara y se sienten habilitados para soltar la suya también. Eso hace que se sientan agusto y que la interacción, basada en la honestidad, la transparencia y la espontaneidad, pueda ser constructiva y beneficiosa por ambas partes. Suelen ser personas que han sufrido de manera importante en su vida o en algún punto de esta, y eso les ha hecho ver otro orden de cosas, mucho más esencial, que las memeces neuróticas con las que solemos ocupar nuestra mente dia si, dia también.

En el segundo caso, al no existir proyección por mi parte, se sienten delante de un espejo que les refleja tal como son. Les refleja todas esas áreas no resueltas que se han ido acumulando en el sótano de su mente y que se esfuerzan día tras día por ocultar de sus ojos y de los ojos de los demás. Y lo que ven no les gusta, claro está. Están acostumbrados a interactuar con personas que usan escudos, disfraces, máscaras y mentiras de la misma forma que ellos, bajo un acuerdo tácito y jamás verbalizado que vendría a decir «yo fingiré que no hay miserias, ni sombras, ni dudas en tí y tu fingirás lo mismo respecto a mi.» y así las interacciones son falsas, artificiales, no mueven nada, no generan cambio ni sabiduría. Este tipo de personalidad basada en el miedo existencial a uno mismo, suele ponerse agresiva, bajar la conversación al nivel personal, con ataques y juicios dirigidos a acallar el mensajero para no escuchar el mensaje y en última instancia, acaba con una huída -a menudo, pretendidamente digna- con la cola entre las patas.

No huyen de mi. Huyen de ellos mismos. De lo que han visto de ellos mismos reflejado en mi. No huyen de mis juicios, que no están ahí, puesto que yo ya he visto y aceptado oscuridades muy densas en mi interior y he tenido que trascender el juego del Bien/Mal y de la Culpa/Castigo para llegar a un lugar de mínimo amor por mi mismo. Huyen de sus propios juicios. Huyen del odio que ellos mismos sienten por tener pulsiones e ideas dentro de sí mismos, que no se han parado a revisar, a comprender, a redibujar.

Personalmente, prefiero estar solo, a tener conversaciones superficiales sobre cosas que no mueven ni una sola emoción ni en el que habla, ni en el que escucha, si es que esa dinámica de diálogo llega siquiera a darse, puesto que a veces, cada uno anda en su mente, teniendo su propia charla, mientras externamente se actúa una suerte de interacción inexistente más allá de la apariencia. No me interesan las conversaciones que acaban con cada individuo convencido de lo que ya pensaba antes. Me gustan las interacciones que acaban con dudas razonables y un ánimo de redibujar los propios mapas de forma constante para hacerlos más precisos, más certeros (sin olvidar nunca que el mapa, no es el territorio, sino una suerte de guía aproximada acerca del territorio).

Tener miedo no es una vergüenza, es naturaleza humana, mamífera. Lo que si empieza a parecerme vergonzoso, es que a estas alturas de civilización, linchemos psicológicamente (y a veces hasta físicamente) a buenas personas, con buenas intenciones, sólo porque no somos suficientemente adultos y valientes como para escuchar ideas que hacen temblar nuestras visiones de la realidad, considerarlas con serenidad e incluir en esa consideración, todas las emociones resultantes de contemplar esas ideas.

Estamos cagados de miedo. Y nada bueno puede salir de eso. Así que cada vez que sientas miedo al escuchar una simple idea o perspectiva, pregúntate qué parte sombría de tí, sigues queriendo esconder.

Esa parte de tí, seguirá ahí y crecerá en la medida que no la afrontes, acabando por teñir tu vida por completo. Esa parte de tí, está a oscuras y lo único que necesita para dejar de estarlo es luz.

Esa luz, es la que emiten tus ojos al postrar tu atención en ese cuarto oscuro. Y merece la pena hacerlo. Uno descubre un potencial creativo inesperado en ese cuarto oscuro cuando enciende la luz y hace algo de limpieza. Uno descubre que es en nuestro lado aparentemente oscuro, donde yace nuestra capacidad de crear cosas nuevas en este mundo, que nos hagan avanzar a todos juntos.

Si no miras tu oscuridad, no dejará de serlo. Si miras tu oscuridad, empezarás a ser un individuo, es decir, algo completo, algo que no se puede dividir.

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